Tenía ese brillo y esa calidez que todos veían menos él. Se le iba todo de las manos por pretender tenerlo todo. No quería romper nada y así destruía todo a su alcance. No sabía priorizar, no existía esa palabra para él, todo era más importante que su propio bienestar. Pretendía cuidar todo, sin saber que hasta lo más bello y carente de maldad puede provocar tristeza.
Toda persona que tocaba su piel lo sentía y se volvía adicta, toda persona menos él. No sabía su poder y no sabía el nivel de toxicidad existente en este mundo. No sabía que existían las malas intenciones. Para el todo lo mano venía de su persona, no de otra. El era el problema, eso le enseñaron. Le opacaron la luz, se la escondieron, porque era imposible apagarla. Pero el nunca supo que la tenía.
Es la persona más hermosa y fascinante que alguna vez analicé, nunca nadie me llamó tanto la atención. Era inevitable que no me enamorara de él. Era la tormenta más fuerte y difícil de dominar. Su forma de caminar y su forma de pensar. Me aprendí de memoria hasta su más minimo gesto. Y si algún día desaparecía yo sabía que iba a poder recrear en mi mente hasta el sonido de su respiración, su rostro al dormir y su lunar en el parpado izquierdo. Su risa y sus dientes. La forma de su boca al pronunciar el francés. Sus agudos cuando se emociona y su llanto cuando aprende algo nuevo acerca de la vida. Su IQ más alto de lo normal y poca inteligencia sentimental. El temblor en sus manos cuando alguien abusa de su poder contra él y aún así se deja. Su voz cálida e intelectual. Sus dedos en las cuerdas de su guitarra, o el ukelele que le regalé. Su voz baja cuando no quiere que lo escuchen cantar pero no lo puede evitar.
No me enamoré de sus acciones sino del potencial. Con él valió la pena el sufrimiento de mi intuición.
sábado, 2 de junio de 2018
PP
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